El sentimiento de pecado – (Fragmento. Bertrand Russell-La conquista de la felicidad)

Ya hemos tenido ocasión de decir algo sobre el sentimiento de pecado en el Capítulo 1, pero ahora tenemos que penetrar más a fondo en el tema, porque es una de las más importantes causas psicológicas de la infelicidad en la vida adulta.
Existe una psicología religiosa tradicional del pecado que ningún psicólogo moderno puede aceptar. Se suponía, especialmente entre los protestantes, que la conciencia revela a cada hombre si un acto al que se siente tentado es pecaminoso, y que después de cometer dicho acto puede experimentar una de estas dos dolorosas sensaciones: la llamada remordimiento, que no tiene ningún mérito, o la llamada arrepentimiento, que es capaz de borrar su culpa. En los países protestantes, incluso muchas personas que habían perdido la fe seguían aceptando durante algún tiempo, con mayores o menores modificaciones, el concepto ortodoxo de pecado. En nuestros tiempos, debido en parte al psicoanálisis, la situación es la contraria: la vieja doctrina del pecado no solo es rechazada por los heterodoxos, sino también por muchos que se consideran ortodoxos. La conciencia ha dejado de ser algo misterioso que, solo por ser misterioso, podía considerarse como la voz de Dios. Sabemos que la conciencia ordena actuar de diferentes maneras en diferentes partes del mundo, y que, en términos generales, en todas partes coincide con las costumbres tribales. Así pues, ¿qué sucede realmente cuando a un hombre le remuerde la conciencia?
La palabra «conciencia» abarca, en realidad, varios sentimientos diferentes; el más simple de todos es el miedo a ser descubierto. Estoy seguro de que usted, lector, ha llevado una vida completamente intachable, pero si le pregunta a alguien que alguna vez haya hecho algo por lo que sería castigado si le descubrieran, comprobará que, cuando el descubrimiento es inminente, la persona en cuestión se arrepiente de su delito. No digo que esto se aplique al ladrón profesional, que cuenta con ir alguna vez a la cárcel y lo considera un riesgo laboral, pero sí que se aplica a lo que podríamos llamar el delincuente respetable, como el director de banco que comete un desfalco en un momento de apuro, o el sacerdote que se ha dejado arrastrar por la pasión a alguna irregularidad carnal. Estos hombres pueden olvidarse de su delito mientras parece que hay poco riesgo de que los descubran, pero cuando son descubiertos o corren grave peligro de serlo, desean haber sido más virtuosos, y este deseo puede darles una viva sensación de la enormidad de su pecado. Estrechamente relacionado con este sentimiento está el miedo a ser excluido del rebaño. Un hombre que hace trampas jugando a las cartas o que no paga sus deudas de honor no tiene ningún argumento para hacer frente a la desaprobación del colectivo cuando es descubierto. En esto se diferencia del innovador religioso, el anarquista y el revolucionario, todos los cuales están convencidos de que, sea cual fuere su suerte actual, el futuro está con ellos y les honrará tanto como se les denigra en el presente. Estos hombres, a pesar de la hostilidad del rebaño, no se sienten pecadores, pero el hombre que acepta por completo la moral del colectivo y aun así actúa contra ella, sufre muchísimo cuando es excluido, y el miedo a este desastre, o el dolor que ocasiona cuando sucede, puede fácilmente hacer que considere sus actos como pecaminosos.
Pero el sentimiento de pecado, en sus formas más importantes, es algo aún más profundo. Es algo que tiene sus raíces en el subconsciente y no aparece en la mente consciente por miedo a la desaprobación de los demás. En la mente consciente hay ciertos actos que llevan la etiqueta de «pecado» sin ninguna razón que pueda descubrirse por introspección. Cuando un hombre comete esos actos, se siente molesto sin saber muy bien por qué. Desearía ser la clase de persona capaz de abstenerse de lo que considera pecado. Solo siente admiración moral por los que cree que son puros de corazón. Reconoce, con mayor o menor grado de pesar, que no tiene madera de santo; de hecho, su concepto de la santidad es, probablemente, imposible de mantener en la vida cotidiana normal. En consecuencia, se pasa toda la vida con una sensación de culpa, convencido de que las cosas buenas no se han hecho para él y de que sus mejores momentos son los de llorosa penitencia.
En casi todos los casos, el origen de todo esto es la educación moral que uno recibió antes de cumplir seis años, impartida por su madre o su niñera. Antes de esa edad ya aprendió que está mal decir palabrotas y que lo correcto es usar siempre un lenguaje muy delicado, que solo los hombres malos beben y que el tabaco es incompatible con las virtudes más elevadas. Aprendió que jamás se deben decir mentiras. Y, sobre todo, aprendió que todo interés por los órganos sexuales es una abominación. Sabía que esto era lo que opinaba su madre, y lo creyó como si fuera la palabra de Dios. El mayor placer de su vida era ser tratado con cariño por su madre o, si esta no le hacía caso, por su niñera, y este placer solo podía obtenerlo cuando no había constancia de que hubiera pecado contra el código moral. Y así llegó a asociar algo vagamente horrible a toda conducta que su madre o su niñera desaprobaran. Poco a poco, al hacerse mayor, olvidó de dónde procedía su código moral y cuál había sido en un principio el castigo por desobedecerlo, pero no prescindió del código moral ni dejó de sentir que algo espantoso le ocurriría si lo infringía.
Ahora bien, una parte muy grande de esta educación moral de los niños carece de toda base racional, y no se debería aplicar a la conducta normal de los hombres normales. Desde el punto de vista racional, por ejemplo, un hombre que dice «palabrotas» no es peor que el que no las dice. No obstante, cuando se trata de imaginar a un santo, prácticamente todo el mundo considera imprescindible que se abstenga de decir tacos. Considerado a la luz de la razón, eso es una auténtica tontería. Lo mismo se puede decir del alcohol y el tabaco. En lo referente al alcohol, esa actitud no existe en los países del sur, e incluso se considera algo impía, ya que se sabe que Nuestro Señor y los apóstoles bebían vino. Respecto al tabaco, es más fácil mantener una postura negativa, ya que todos los grandes santos vivieron antes de que el tabaco fuera conocido. Pero tampoco es posible aplicar ningún argumento racional. Quien opina que ningún santo debería fumar se basa, en último término, en la opinión de que ningún santo haría algo solo porque le produce placer. Este elemento ascético de la moral corriente es ya casi subconsciente, pero actúa en todos los aspectos que hacen irracional nuestro código moral. Una ética racional consideraría loable proporcionar placer a todos, incluso a uno mismo, siempre que no exista la contrapartida de algún daño para uno mismo o para los demás. Si prescindiéramos del ascetismo, el hombre virtuoso ideal sería el que permitiera el disfrute de todas las cosas buenas, siempre que no tengan malas consecuencias que pesen más que el goce. Volvamos a considerar la cuestión de la mentira. No niego que hay demasiada mentira en el mundo, ni que todos estaríamos mejor si aumentara la sinceridad, pero sí niego que, como creo que haría toda persona razonable, mentir no esté justificado en ninguna circunstancia. Una vez, paseando por el campo, vi un zorro cansado, al borde del agotamiento total, pero que aún se esforzaba por seguir corriendo. Pocos minutos después vi a los cazadores. Me preguntaron si había visto al zorro y yo dije que sí. Me preguntaron por dónde había ido y yo les mentí. No creo que hubiera sido mejor persona si les hubiera dicho la verdad.
Pero donde más daño hace la educación moral de la primera infancia es en el terreno del sexo. Si un niño ha recibido una educación convencional por parte de padres o cuidadores algo severos, la asociación entre el pecado y los órganos sexuales está ya tan arraigada para cuando cumple seis años que es muy poco probable que se pueda librar por completo de ella en todo lo que le queda de vida. Por supuesto, este sentimiento está reforzado por el complejo de Edipo, ya que la mujer más amada durante la infancia es una mujer con la que es imposible tomarse ningún tipo de libertades sexuales. El resultado es que muchos hombres adultos consideran que el sexo degrada a las mujeres, y no pueden respetar a sus esposas a menos que estas detesten el contacto sexual. Pero el hombre que tiene una mujer fría se verá empujado por el instinto a buscar satisfacción instintiva en otra parte. Sin embargo, esta satisfacción instintiva, si la encuentra momentáneamente, estará envenenada por el sentimiento de culpa, lo que le impedirá ser feliz en todas sus relaciones con mujeres, tanto dentro como fuera del matrimonio. A la mujer le ocurre algo muy parecido si se le ha enseñado insistentemente a ser lo que se llama «pura». Instintivamente, se echa atrás en sus relaciones sexuales con el marido y tiene miedo de obtener placer de ellas. No obstante, en las mujeres actuales esto se da mucho menos que hace cincuenta años. Yo diría que ahora mismo, entre las personas educadas, la vida sexual de los hombres es más retorcida y está más envenenada por el sentimiento de pecado que la de las mujeres.
La gente está empezando a tomar conciencia —aunque, por supuesto, esto no incluye a las autoridades públicas— de lo nociva que es la educación sexual tradicional de los niños. La regla correcta es muy sencilla: hasta que el niño se aproxime a la edad de la pubertad, no hay que enseñarle ninguna clase de moral sexual, y sobre todo hay que evitar inculcarle la idea de que las funciones naturales del cuerpo tienen algo de repugnante. Cuando se acerca el momento en que se hace necesario darle educación moral, hay que asegurarse de que esta sea racional y de que todo lo que decimos pueda apoyarse en bases sólidas. Pero en este libro no pretendo hablar de educación. De lo que quiero hablar en este libro es de lo que puede hacer el adulto para reducir al mínimo los perniciosos efectos de una educación inadecuada, que le ha provocado un sentimiento irracional de pecado. El problema es el mismo que hemos abordado en capítulos anteriores: hay que obligar al subconsciente a tomar nota de las creencias racionales que gobiernan nuestro pensamiento consciente. Los hombres no deben dejarse arrastrar por sus estados de ánimo, creyendo una cosa ahora y otra después. El sentimiento de pecado se agudiza de manera especial en momentos en que la voluntad consciente está debilitada por la fatiga, la enfermedad, la bebida o alguna otra causa. Lo que uno siente en esos momentos (a menos que sea efecto de la bebida) lo considera una revelación de sus facultades superiores. «Si el demonio estuviera enfermo, sería un santo.» Pero es absurdo suponer que en los momentos de debilidad se tiene más inteligencia que en los momentos de vigor. En los momentos de debilidad, es difícil resistirse a las sugestiones infantiles, pero no hay razón alguna para considerar que dichas sugestiones son preferibles a las creencias del hombre adulto en plena posesión de sus facultades. Por el contrario, lo que un hombre cree deliberadamente con toda su razón cuando tiene fuerzas debería ser la norma de lo que le conviene creer en todo momento. Empleando la técnica adecuada es perfectamente posible vencer las sugestiones infantiles del subconsciente, e incluso alterar el contenido del subconsciente. Cuando empiece usted a sentir remordimientos por un acto que su razón le dice que no es malo, examine las causas de su sensación de remordimiento y convénzase con todo detalle de que es absurdo. Permita que sus creencias conscientes se hagan tan vivas e insistentes que dejen una marca en su subconsciente lo bastante fuerte como para contrarrestar las marcas que dejaron su madre o su niñera cuando usted era niño. No se conforme con una alternancia entre momentos de racionalidad y momentos de irracionalidad. Mire fijamente lo irracional, decidido a no respetarlo, y no permita que le domine. Cada vez que haga pasar a la mente consciente pensamientos o sentimientos absurdos, arránquelos de raíz, examínelos y rechácelos. No se resigne a ser una criatura vacilante, que oscila entre la razón y las tonterías infantiles. No tenga miedo de ser irreverente con el recuerdo de los que controlaron su infancia. Entonces le parecieron fuertes y sabios porque usted era débil e ignorante; ahora que ya no es ninguna de las dos cosas, le corresponde examinar su aparente fuerza y sabiduría, considerar si merecen esa reverencia que, por la fuerza de la costumbre, todavía les concede. Pregúntese seriamente si el mundo ha mejorado gracias a la enseñanza moral que tradicionalmente se da a la juventud. Considere la cantidad de pura superstición que contribuye a la formación del hombre convencionalmente virtuoso y piense que, mientras se nos trataba de proteger contra toda clase de peligros morales imaginarios a base de prohibiciones increíblemente estúpidas, prácticamente ni se mencionaban los verdaderos peligros morales a los que se expone un adulto. ¿Cuáles son los actos verdaderamente perniciosos a los que se ve tentado un hombre corriente? Las triquiñuelas en los negocios, siempre que no estén prohibidas por la ley, la dureza en el trato a los empleados, la crueldad con la esposa y los hijos, la malevolencia para con los competidores, la ferocidad en los conflictos políticos… estos son los pecados verdaderamente dañinos más comunes entre los ciudadanos respetables y respetados. Por medio de estos pecados, el hombre siembra miseria en su entorno inmediato y pone su parte en la destrucción de la civilización. Sin embargo, no son estas las cosas que, cuando está enfermo, le hacen considerarse un paria que ha perdido todo derecho a la gracia divina. No son estas las cosas que le provocan pesadillas en las que ve visiones de su madre dirigiéndole miradas de reproche. ¿Por qué su moralidad subconsciente está tan divorciada de la razón? Porque la ética en que creían los que le guiaron en su infancia era una tontería; porque no estaba basada en ningún estudio de los deberes del individuo para con la comunidad; porque estaba compuesta por viejos residuos de tabúes irracionales; y porque contenía en sí misma elementos morbosos derivados de la enfermedad espiritual que aquejó al moribundo imperio romano. Nuestra moral oficial ha sido formulada por sacerdotes y por mujeres mentalmente esclavizados. Ya va siendo hora de que los hombres que van a participar normalmente en la vida normal del mundo aprendan a rebelarse contra esta idiotez enfermiza.
Pero para que la rebelión tenga éxito, para que aporte felicidad a los individuos y les permita vivir consistentemente siguiendo un criterio, y no vacilando entre dos, es necesario que el individuo piense y sienta a fondo lo que su razón le dice. La mayoría de los hombres, cuando han rechazado superficialmente las supersticiones de su infancia, creen que ya no les queda nada más que hacer. No se dan cuenta de que esas supersticiones siguen aún acechando bajo el suelo. Cuando se llega a una convicción racional, es necesario hacer hincapié en ella, aceptar sus consecuencias, buscar dentro de uno mismo por si aún quedaran creencias inconsistentes con la nueva convicción; y cuando el sentimiento de pecado cobra fuerza, como ocurre de vez en cuando, no hay que tratarlo como si fuera una revelación y una llamada a cosas más elevadas, sino como una enfermedad y una debilidad, a menos, por supuesto, que esté ocasionado por un acto condenable por la ética racional. No estoy sugiriendo que el hombre deba renunciar a la moral; lo único que digo es que debe renunciar a la moral supersticiosa, que es una cosa muy diferente.
Pero incluso cuando un hombre ha infringido su propio código racional, no creo que el sentimiento de pecado sea el mejor método para acceder a un modo de vida mejor. El sentimiento de pecado tiene algo de abyecto, algo que atenta contra el respeto a uno mismo. Y nadie ha ganado nunca nada perdiendo el respeto a sí mismo. El hombre racional ve sus propios actos indeseables igual que ve los de los demás como actos provocados por determinadas circunstancias y que deben evitarse, bien por el pleno conocimiento de que son indeseables, o bien, cuando es posible, evitando las circunstancias que los ocasionaron.
A decir verdad, el sentimiento de pecado, lejos de contribuir a una vida mejor, hace justamente lo contrario. Hace desdichado al hombre y le hace sentirse inferior. Al ser desdichado, es probable que tienda a quejarse en exceso de otras personas, lo cual le impide disfrutar de la felicidad en las relaciones personales. Al sentirse inferior, tendrá resentimientos contra los que parecen superiores. Le resultará difícil sentir admiración y fácil sentir envidia. Se irá convirtiendo en una persona desagradable en términos generales y cada vez se encontrará más solo. Una actitud expansiva y generosa hacia los demás no solo aporta felicidad a los demás, sino que es una inmensa fuente de felicidad para su poseedor, ya que hace que todos le aprecien. Pero dicha actitud es prácticamente imposible para el hombre atormentado por el sentimiento de pecado. Es consecuencia del equilibrio y la confianza en uno mismo; requiere lo que podríamos llamar integración mental, y con esto quiero decir que los diversos estratos de la naturaleza humana — consciente, subconsciente e inconsciente— funcionen en armonía y no estén enzarzados en perpetua batalla. En la mayoría de los casos, esta armonía se puede lograr mediante una educación adecuada, pero cuando la educación ha sido inadecuada el proceso se hace más difícil. Es el proceso que intentan los psicoanalistas, pero yo creo que, en muchísimos casos, el paciente puede hacer él solo el trabajo que en los casos más extremos requiere la ayuda de un experto. No hay que decir: «Yo no tengo tiempo para estas tareas psicológicas; mi vida está muy ocupada con otros asuntos y tengo que dejar a mi subconsciente con sus manías». No existe nada tan perjudicial, no solo para la felicidad sino para la eficiencia, como una personalidad dividida y enfrentada a sí misma. El tiempo dedicado a crear armonía entre las diferentes partes de la personalidad es tiempo bien empleado. No estoy diciendo que haya que dedicar, por ejemplo, una hora diaria al autoexamen. En mi opinión, este no es el mejor método, ni mucho menos, ya que aumenta la concentración en uno mismo, que forma parte de la enfermedad que se quiere curar, ya que una personalidad armoniosa se proyecta hacia el exterior. Lo que sugiero es que cada uno decida con firmeza qué es lo que cree racionalmente, y no permita nunca que las creencias irracionales se cuelen sin resistencia o se apoderen de él, aunque sea por muy poco tiempo. Es cuestión de razonar con uno mismo en esos momentos en que uno se siente tentado a ponerse infantil; pero el razonamiento, si es suficientemente enérgico, puede ser muy breve. Así pues, el tiempo dedicado a ello puede ser mínimo.
Existen muchas personas a las que les disgusta la racionalidad, y a las cuales lo que estoy diciendo les parecerá irrelevante y sin importancia. Piensan que la racionalidad, si se le da rienda suelta, mata todas las emociones más profundas. A mí me parece que esta creencia se debe a un concepto totalmente erróneo de la función de la razón en la vida humana. No es competencia de la razón generar emociones, aunque puede formar parte de sus funciones el descubrir maneras de evitar dichas emociones, por constituir un obstáculo para el bienestar. No cabe duda de que una de las funciones de la psicología racional consiste en encontrar maneras de reducir al mínimo el odio y la envidia. Pero es un error suponer que al reducir al mínimo esas pasiones estamos reduciendo al mismo tiempo la fuerza de las pasiones que la razón no condena. En el amor apasionado, en el cariño paternal, en la amistad, en la benevolencia, en la devoción a la ciencia o el arte, no hay nada que la razón quiera disminuir. El hombre racional, cuando siente alguna de estas emociones, o todas ellas, se alegra de sentirlas y no hace nada por disminuir su fuerza, ya que todas estas emociones forman parte de la vida buena, es decir, de la vida que busca la felicidad para uno mismo y para los demás. En sí mismas, las pasiones no tienen nada de irracional, y muchas personas irracionales solo sienten las pasiones más triviales. No hay por qué temer que, por volverse racional, uno vaya a quitarle el sabor a su vida. Al contrario, dado que el principal aspecto de la racionalidad es la armonía interior, el hombre que la consigue es más libre en su contemplación del mundo y en el empleo de sus energías para lograr propósitos exteriores que el que está perpetuamente estorbado por conflictos internos. No hay nada tan aburrido como estar encerrado en uno mismo, ni nada tan regocijante como tener la atención y la energía dirigidas hacia fuera.
Nuestra moral tradicional ha sido excesivamente egocéntrica, y el concepto de pecado forma parte de este universo que centra toda la atención en uno mismo. A los que nunca han experimentado los estados de ánimo subjetivos inducidos por esta moral defectuosa, la razón puede parecerles innecesaria. Pero para los que han contraído una vez la enfermedad, la razón es necesaria para lograr la curación. Y hasta puede que la enfermedad sea una fase necesaria para el desarrollo mental. Me siento inclinado a pensar que el hombre que la ha superado con ayuda de la razón ha alcanzado un nivel superior que el que nunca ha experimentado ni la enfermedad ni la curación. El odio a la razón, tan común en nuestra época, se debe en gran parte al hecho de ¡que el funcionamiento de la razón no se concibe de un [modo suficientemente fundamental. El hombre dividido y enfrentado a sí mismo busca excitación y distracción; le atraen las pasiones fuertes, pero no por razones sólidas sino porque de momento le sacan fuera de sí mismo y le evitan la dolorosa necesidad de pensar. Para él, toda pasión es una forma de intoxicación, y como no es capaz de concebir la felicidad fundamental, le parece que la única manera de aliviar el dolor es la intoxicación. Sin embargo, este es un síntoma de una enfermedad muy arraigada. Cuando esta enfermedad no existe, la mayor felicidad se deriva del completo dominio de las propias facultades. Los gozos más intensos se experimentan en los momentos en que la mente está más activa y se olvidan menos cosas. De hecho, esta es una de las mejores piedras de toque de la felicidad. La felicidad que requiere intoxicación, sea del tipo que sea, es espuria y no satisface. La felicidad auténticamente satisfactoria va acompañada del pleno ejercicio de nuestras facultades y de la plena comprensión del mundo en que vivimos.

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photo credit: Christ Carries His Cross via photopin (license)

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